Demo

Pedro Javier Hermosilla

Por Jordi Graupera

Pedro pertenece al directo. Durante once años ha atravesado los bares y las pequeñas salas de concierto, el ruido y el parloteo, y todas las clases de personas necesitadas de una copa, los que creen estar enamorados, abandonados, completamente solos, nunca mejor acompañados, extraordinariamente exultantes, ociosos o moderadamente felices, y quieren oír una canción que les dé la razón. Hay que poseer una fe inquebrantable para aguantar el hambre del público.

Pedro tocó en el Mediterráneo, dónde lo conocí, y en el Pipiolo, el Lunátic, el Carcoma, el Bahía Blanca, antes de sacar un primer disco. Entré, él estaba en el minúsculo escenario, humo y copas, y recuerdo que pensé: “hace falta más valor para tocar en medio de ciento cincuenta personas que comparten tan poco oxígeno que cantar ante multitudes fanáticas.” Lo difícil es estar ahí todos los días, sin otro premio que entretener, alegrar o consolar a quien sea. Cuatro bares cada día, seis días a la semana, más de doce mil actuaciones en once años. Es donde se aprende a respetar al público. En los bares de música en directo el protagonista es el cliente que viene a vestir, travestir o disfrazar sus sentimientos de alguna forma de belleza mejor que la de su vida cotidiana. Hay lugares propicios para decir según qué cosas y que no queden ridículas o parezcan mentira. Los cantantes de pub, tras esa aureola de mala vida y de colección de fracasos, llevan consigo miles de noches auspiciando esperanzas.

Durante cinco o seis años pude escuchar a Pedro más veces de las razonables en esos bares. A estas alturas hablar de sus letras es casi una falta de respeto, hace mucho que hablan por sí mismas; pero hay algo íntimo que ocurre al escucharlas en directo, como si los significados se rompieran, que no permite apresarlas del todo, y así cada vez se recrean. Cuando Pedro llegaba a media noche, a punto para sentarse en su taburete, enchufar la guitarra y dar las buenas noches, parecía llegar de muy lejos, de algún rincón exótico y secreto. Llevaba esa mirada de los que saben algo que tú no sabes. Todos sus gestos, sus palabras, sus rutinas estaban impregnadas de un afán por acercarse. Como si supiera que había un mensaje encriptado que no podía contar, más que tocando.

Luego subía y cantaba. Y, en fin, entre otras muchas canciones, de vez en cuando, aparecía una de las que contiene este disco, caía un velo de silencio y se oían los cubitos de hielo agitados en decenas de copas, como cargando expectativas. Más tarde, cuando el bar cerraba, todos lo cantantes, camareros y demás familiares velaban el local alargando las canciones, los ensayos y las conversaciones hasta que se agotaban las excusas. Esas noches han visto crecer muchas canciones, y han asistido a las exigencias e insatisfacciones de los que las componían. Las canciones nunca están terminadas del todo, como esas noches.

Durante esos años Pedro tocó en todo tipo de escenarios, participó en obras de teatro, representó a un "memorable" soldado 7 en la película Los años bárbaros, compuso para otros cantantes y al fin, llegaron los discos. El primero, Amuleto de agua errante, lo apartó de nuestras noches de pan de cada día, y nos lo trajo vestido de arreglos y músicos. Mentiría si no dijera que nos costó entrar en ese Pedro, tan lejano, tan distinto. Las radios hablaban de él y las giras nos lo devolvían cargado de anécdotas y cansancio. Iba impulsado por los nuevos aplausos, el canturreo distante de sus letras en los conciertos de todo el país. Una vez más, su actitud parecía encriptar algo, nuevas visiones, nuevas ganas de buscar algo. No es sencillo esperar tanto y mantenerse atento a todo, siempre creciendo.

Y llegó el segundo disco, Por un ratito en tus oídos. Para entonces, el medio ya era suyo, y sus canciones forzaban los límites del estudio, como había hecho antes en los bares. Sus letras, sus melodías, las inflexiones de su voz mostraban su poder de persuasión una vez y otra, y los pequeños lugares dentro de cada uno podían ser antros de humo y cola en la calle. Pero nos faltaba de cerca, nos faltaba el directo. Pedro pertenece al directo. Como nómadas le visitábamos en conciertos de geografía insólita, como para recuperar el equilibrio, pero volvíamos a casa con un vacío que los discos no llenaban.

La primera vez que me cayó tres y…en las manos vi esa mirada de Pedro. “Yo sé algo que tú no sabes”. En sus manos el ordenador portátil. “Ven, vamos a ponerlo. Está grabado en directo”. Nos encerramos en su coche y justo antes de poner el play guardó silencio y me observó un momento: “hoy lo vas a entender, creo”. No salí del coche hasta ver y escuchar todas las canciones. No dije nada. Hace muchos meses que tengo una copia en mi ordenador de la primera de las versiones de este disco-dvd. No sé cómo contaros, no sé si podréis notarlo: yo sé algo que tú no sabes.

 

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