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A pesar de los aviones

Abrimos de negro. Madrid queda atrás. Nuestras miradas se pierden a través de la ventanilla de un avión. Destino: México… 12 horas de vuelo, que fueron prólogo de una de las experiencias que más me unen a Diego Ojeda. A doce mil pies de altura planificamos la gira, leímos poemas, escribimos canciones, y sobrevolamos incertidumbres y esperanzas…

Mirar directamente a los ojos de la poesía de mi buen amigo Diego es sentir un soplo de intimidad y honestidad. Un cúmulo de vivencias que desveladas, como quién nos cuenta un secreto, nos ofrecen una realidad hecha verso como pocos lo hacen en su primer poemario.

Ya nos lo contaba Saint-Exupéry al comienzo de El Principito: Aprendí a pilotar aviones. Volé un poco por todo el mundo. Es cierto que la geografía me sirvió de mucho... Y esa geografía física y, sobre todo, humana es la que Diego nos muestra en las páginas que componen “A pesar de los aviones”: aeropuertos donde se despiden las alegrías; puertas de embarque que dejan atrás soledades; esperas que presencian cómo lo vivido termina siempre en renglones escritos.

Diego Ojeda nos concede el lujo de que seamos sus compañeros de viaje. Señores pasajeros: abróchense los cinturones, y disfruten de este vuelo…

Ignacio Martín Lerma

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