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Ecuador (poesía 1986 - 2001)

Atinadamente titula Benjamín Prado esta edición de su poesía que es a la vez reescritura, balance y cierre de una etapa. Pasado este Ecuador va a llegar Iceberg, que ya desde el título anuncia otras latitudes. Aunque en Ecuador leemos de otra manera los cinco libros publicados hasta la fecha por el autor, lo preciso sería decir que Cobijo contra la tormenta (1995) y Todos nosotros (1998) presentan pocas variantes mientras que de Un caso sencillo (1986), Asuntos personales (1991) y El corazón azul del alumbrado(1991) sólo se mantienen unos cuantos poemas y fragmentos. El resto es poesía nueva que no renuncia a ninguno de los componentes expresivos o de pensamiento de sus orígenes. A este respecto conviene recordar palabras de Prado al frente de la antología 1917 versos (1987) que siguen vigentes: “hablar desde la tumultuosa soledad de un mundo propio, a la vez subjetivo y cierto; hacer de ese personaje literario [...] una fabulación de la estatura de los hombres reales [...] Queremos una sentimentalidad que contribuya a destruir nuestras miserias, otra sentimentalidad”.

La poesía de Prado se forjó en el ambiente granadino de la otra sentimentalidad, y la lectura de sus primeros libros revela sus búsquedas y sus primeros hallazgos, sus fidelidades posteriores y su originalidad. Porque es inconfundible, arriesgada y certera desde el principio: sus aparentes rarezas nos desvelan cómo logra el poeta que sus juegos en libertad con las apariencias de la realidad puedan llevarnos más adentro en lo real, sin crípticos herme- tismos ni tonterías y sin caer en lo trillado.

Que un título como Todos nosotros resulte verdadero y pueda aplicarse a toda una trayectoria representa un desafío: salir victorioso por medio de unos poemas cuajados de metáforas y de imágenes a menudo extremadas, nutridos de la citas cultas -yo no llamaría a esto culturalismo-, que dialogan por igual con Milton, Yeats, Bob Dylan es más difícil. Benjamín Prado posee esa rara cualidad que consiste en lograr que nos alcance como sencilla una escritura que por su incesante movimiento imaginativo y por el tino de su circulación libre no lo es. Ello es posible porque el poeta atiende con inteligencia ágil a la conciencia personal y al tiempo colectivo, porque su norma personal del todos nosotros domina hasta su escritura más intimista.

Ecuador reordena todos los poemas en cuatro partes. Componen la primera homenajes a distintos escenarios y a distintos autores. Entre estos yo destacaría “El corazón azul del alumbrado”, “Cobijo contra la tormenta” y por otras razones, “El viajero”, emocionante retrato de Javier Egea. Testimonios y espacios permiten el hallazgo personal, “el lugar/donde están los poemas;/donde busco/adivinar quién soy, además de yo mismo”. Las palabras del amor, en la segunda parte, atraen la reflexión sobre la escritura a este espacio en el que la imaginación en movimiento logra reforzar la intensidad: porque la consideración del amor conduce al lugar “desde donde se escribe,/las afueras,/el extranjero de nosotros mismos”. Más sombríos son los homenajes literarios que se agrupan en la tercera parte, con poe-mas espléndidos como “Marga Gil en la isla”, “Como quien va hacia el fondo de una alcoba” o el inédito “Ecuador”. Forman la cuarta parte, entre definiciones, citas y sarcasmos, los aforismos de “100 veces mentira”, que componen en mosaico la síntesis de su poética: no renunciar a lo esencial (“Que algo no se haya dicho no significa/que no pueda volver a decirse por primera vez”), constatar los conflictos de la conciencia (“El hombre que ya no soy tiene sus propios recuerdos”) y hacer de la poesía conocimiento y transformación: “Lo que importa de un poema es en quién te convierte”. También importa en quiénes nos convierte a todos nosotros: como dice el último poema, “Cada mañana”, “Del otro lado hay gente oscura que nos busca”.

Francisco Díaz de Castro

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