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La latitud de los caballos

Dos citas contrapuestas -además de dos corteses y prescindibles prólogos- inician este libro de Juan Vicente Piqueras, quizá el primero de los suyos que logra una difusión normalizada. Nos habla la cita inicial de “los cinturones de calmas y aires suaves que bordean el límite polar de las corrientes del nordeste”, conocidos como “la latitud de los caballos” porque los barcos con cargamento de caballos “a menudo se quedaban estancados durante mucho tiempo en este encalmado cinturón de Cáncer y, a causa de la falta de agua para los animales, se veían obligados a arrojar parte de ellos por la borda”. La otra cita -de Claudio Magris- alude a que el Ulises contemporáneo debe aventurarse más en una biblioteca que por islas perdidas: “el Ulises de hoy debe ser experto en la lejanía del mito y en el exilio de la naturaleza, debe ser un explorador de la ausencia y del paradero desconocido de la vida verdadera”.

Subrayan ambas citas lo que en el ibro hay de fascinación por el viaje y lo que ese viaje tiene de rito y de mito, de viaje interior. “Entro despacio en mí”, comienza el poema “Colección de fósiles”. “Vivo a tanta distancia de la vida/ que apenas si distingo sus veleros”, leemos en otro de los textos. 

En los mejores poemas del libro, Juan Vicente Piqueras consigue una memorable concisión: “Me equivoqué de vida y la que llevo / está escrita por nadie / en una lengua que yo no comprendo”. 

Explorador de ausencias y de bibliotecas, nostálgico de exotismos, el poeta se inventa un heterónimo, Wuang Shi, “pirata retirado”, y en su boca pone un hermoso monólogo dramático: “perdonad la molestia y la ceniza / de estas palabras, de esta vieja voz. / Bebamos simplemente y en silencio, / intentando olvidar que estamos muertos”. Menos afortunados, por un exceso de ambición y confusión, resultan quizá los poemas más extensos del conjunto. “Latitud de los caballos” alterna las partes en verso con una breve anécdota en prosa que quiere ofrecer un contrapunto irónico; “El laberinto de las amapolas” busca un mayor vuelo irracional e imaginativo, pero se queda, me parece, en consabida retórica. Especialmente desafortunado resulta el final, que es también el final del libro. Hay unos refugiados que llegan a una frontera (es el prescindible toque solidario del volumen) y con ellos un niño que calla al ser interrogado: “Su silencio / es como una amapola entre los trigos. / Quiero decir en la palabra trigos, / la palabra amapola, / la palabra palabra”.

Pero ese metalingöístico y pretencioso epílogo, no debe hacernos olvidar los muchos momentos en que sonido y sentido, desolada visión del mundo y exacta encarnación verbal logran una síntesis feliz e inolvidable.

El poeta acierta cuando logra el adecuado “correlato objetivo” y no se pierde en vaguedades. Valga como ejemplo el poema más descriptivo del volumen, “Tor San Lorenzo Lido”: “Aquí hay redes y edades enterradas / y una torre entre olivos y la sombra de Eneas./ Hay dunas desmayadas, casas vacías, cañas, / árboles muertos, sol, barcas azules”.

El viaje como símbolo de la vida, una vez más, en este sugerente libro, La latitud de los caballos, el viaje imaginario por remotas latitudes polares y el viaje cotidiano por los estantes de una biblioteca, un libro en el que hay trenes que no acaban de llegar, barcos sin nadie, naufragios de papel y una colección “de fósiles, de errores y adverbios de lugar”. Un hermoso libro, a pesar de sus limitaciones.

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