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Los nombres de Antígona

En la mitología clásica, Antígona es el símbolo de la mujer valiente y perseguida, capaz de enfrentarse al dolor y a los tiranos y de sufrir en silencio y con coraje su terrible destino. Las cinco escritoras que protagonizan este libro fueron cinco mujeres extraordinarias, y lo fueron a pesar de todo, por encima de todo, contra viento y marea.

Un lector informado podría preguntarse cuántos autores y autoras van a escribir todavía sobre Isak Dinesen, Carson McCullers y otras escritoras legendarias. ¿Queda alguna escritora o escritor español sin su selección de Antígonas, atormentadas ilustres, mujeres apasionadas? 

Hay buenas razones para creer que el filón de los daguerrotipos literarios, de uno y otro sexo, no sólo no parece agotarse, sino que empieza a cobrar carta de naturaleza en nuestro país, coincidiendo con el auge del género biográfico. Los nombres de Antígona, de Benjamín Prado, es una buena muestra de la mayoría de edad del retrato literario en femenino. A primera vista, y tal como Prado anuncia en el prólogo de la obra, cabe pensar que Anna Ajmátova, Marina Tsvietáieva, Carson McCullers, María Teresa León e Isak Dinesen no tienen demasiadas vinculaciones entre sí. Pero se podría afirmar, tras leer el libro, que cada una de ellas por separado, y todas ellas juntas, gracias al inteligente engranaje histórico diseñado por Prado, con sus afinidades literarias y acumulación de catástrofes vitales, albergan en sí mismas la memoria de un tiempo “dividido entre el progreso y la barbarie, lleno de conquistas pero también de pasos atrás”. 

Y en el telón de fondo restallan los avatares que sacudieron los cimientos del siglo XX: los conflictos coloniales, dos guerras mundiales, las purgas de Stalin, los campos de concentración, la II Guerra Mundial, la guerra civil española, los exilios. Asuntos entreverados con los destinos personales de las escritoras, hasta que brota el sentido del conjunto, la intención subyacente y conductora del texto. Las aproximaciones a las cinco autoras son un trabajo digno y riguroso, en el que se advierte la familiaridad del autor con las fuentes y la intimidad con las obras, aunque los trazos que componen los retratos despierten el interés con desigual acierto: tal vez porque las vidas de Dinesen y McCullers son más conocidas y se han abordado con menor profundidad, y porque Prado se ha implicado a fondo en las dos poetas rusas (ha levantado una Ajmátova viva e imborrable), y en la española María Teresa León, a quien trató en su regreso del exilio y a la que se le devuelve el derecho a existir entre nosotros como escritora, mujer comprometida, exiliada que nunca perdió su conciencia política y esposa de Alberti.

El autor describe a Ajmátova como una mujer noble, majestuosa, rebelde, egoísta, dulce, desinteresada y arrogante. Casada con el poeta Nikolài Gumiliov, vivirá en París una historia con Modigliani. Fue amiga de Mandelstam, de Brodsky, de Pasternak y de otros intelectuales condenados a la miseria y al ostracismo como ella misma. Las enfermedades, el destierro de su hijo en Siberia, la censura y el acoso, forjaron una vida irreductible; Ajmátova nunca dejó de escribir una obra admirable y jamás abandonó su país. El destino de Marina Tsvietáieva, aplaudida a los 18 años por El álbum de la tarde, y al final de su vida desterrada en la ciudad tártara de Elabuga, fue todavía más duro. Después de un largo exilio, la apasionada Marina que había conocido en Praga a Nina Berveroba y a Nabokov, y que había amado a Serguei Efron, a Sofía Parnok, a Pasternak y a Rilke, regresó a Rusia, tras enterarse de que su marido, Efron, había resultado ser espía soviético. En Moscú Efron fue fusilado, acusado de ser agente doble, y la hija de ambos entró en el Archipiélago Gulag. Tsvietáieva se ahorcó en Elabuga, dejando una genial obra poética y crítica. 

Y puesto que revelar a un ser humano es acrecentar su misterio, Prado nos acerca a estas grandes mujeres, pero nos despierta la sed de saber mucho más.


Lourdes Ventura

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