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La nieve está vacía

Una bella y misteriosa mujer va a ser asesinada. Tres amigos: un escritor novato, un médico y un modesto empleado en una compañía de seguros.Uno de ellos será el que cometa el crimen.Las preguntas que se deducen de este oscuro puzle amenazarán desde la primera a la última página al lector.

Benjamín Prado (Madrid, 1961) empezó como poeta y, sin dejar de serlo, dio paso a una trayectoria narrativa fraguada en la segunda mitad de los 90 que ha recibido una acogida cada vez más favorable entre la crítica. Seis novelas en seis años, desde Raro (1995) hasta La nieve está vacía, dan fe de su regular entrega al género, que el autor renueva con un sello personal, sin repetirse ni incurrir en experimentalismos gratuitos. Si en la anterior novela, No sólo el fuego (1999), se había interesado por la memoria histórica, en esta vuelve a la literatura misma para escoger los materiales de su narración, cuya teoría y práctica se desarrollan ante el lector en un tiempo actual.

La nieve... es una novela hecha de trampas, juegos, engaños, traiciones y un crimen que acaban teniendo por materia principal la novela misma y su proceso creativo. El mayor acierto de Prado está en haber sabido combinar con destreza varios niveles de ficción en el relato de una historia criminal, la reflexión metanarrativa sobre los ingredientes novelados en su taller de composición y la actitud lúdica que impregna el discurso manteniendo siempre la suspensión de su intriga. El suceso se anuncia al principio, por lo que parte del interés se desplaza, como en una novela psicológica, a la personalidad del asesino. Y en todo momento se juega con los materiales que vemos pasar de la vida a la novela, propiciando así el comentario autocrítico sobre la operación creadora de la que el lector es testigo directo y en la que está incluido. Vida y literatura se ordenan en diferentes niveles ficcionales, con traslado de elementos de un plano a otro, reflexión metanarrativa sobre los cambios producidos y simultánea creación de la novela cuya intriga mantiene al lector pendiente del esclarecimiento del crimen y de la génesis del relato.

El juego empieza por el propio narrador, que también es el asesino. éste puede ser cualquiera de los tres personajes masculinos centrales: Iker Orbáiz, joven escritor afanado en su novela sobre un hombre que no podía soñar consigo mismo; ángel Biedma, un médico que colabora aportando materiales para la novela; y Alcaén Sánchez, modesto empleado de una compañía de seguros, soñador y posible modelo de personaje para la novela en ciernes. El otro personaje importante es Laura Salinas, que enseguida despierta la pasión de Alcaén. Al comienzo se anuncia el crimen, que al final no es el mismo que se consuma. Entre ambos momentos se establece una explícita simetría. Y el narrador comienza su relato en primera persona, ocultando su nombre en los tres personajes citados. Después continúa en tercera persona y sólo al final descubre su verdadera identidad. De modo que la figura del narrador se convierte en enigma fundamental del relato. En su discurso hay múltiples guiños al lector plural con el fin de hacerlo cómplice e incorporarlo al proceso literario, pues también los lectores, para serlo, necesitan del texto. Y se pone al descubierto el banco de trucos de un verdadero obrador literario en la construcción del personaje, en la traslación de materiales entre la realidad y la ficción y en la especulación teórica de los tres personajes acerca de la novela que entre los tres están gestando. Tradición y modernidad se alían, pues, en esta metanovela o relato “in fieri” que descubre la generación de su trama como elemento primordial de su intriga, abordando temas de siempre como el mal, el amor o el choque entre el deseo y la realidad, sin desatender problemas de nuestro tiempo.
 

Ángel Basanta

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